El Paso del Chapulín. ¿ Por qué Hugo López Gatell fracasó como vocero?

(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en américa latina.
(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en américa latina.

Sergio Ricardo Hernández Mancilla *

Twitter: @SergioRicardoHM

 Empecemos por el principio: en pocas palabras, un vocero o portavoz es una persona que representa a una organización o institución para emitir mensajes autorizados y destinados a públicos específicos para que tomen decisiones informadas.

 

Para ello, hay tres criterios que resultan indispensables:

 

1)Legitimidad: La vocería debe contar con el respaldo de la organización para emitir el mensaje en su nombre. Uno no puede simplemente nombrarse vocero de una causa o de un grupo nada más porque le da la gana. Se requiere consenso, respaldo y en la mayoría de los casos, un nombramiento legal o explícito por la cabeza o los liderazgos de la organización.

 

2)Credibilidad: Como emisor de un mensaje institucional se tiene que contar con una base de respaldo, como puede ser la experiencia, el liderazgo y el conocimiento específico del tema. Por ejemplo: un líder sindical con amplia trayectoria en el gremio seguramente tiene la solidez para hablar en nombre de la base que representa frente a una negociación con el gobierno. Por otra parte, probablemente un profesor de filosofía no sería el indicado para hablar en representación de una cámara empresarial frente a un congreso de industriales metalúrgicos.

 

3)Claridad: El vocero debe tener la capacidad de traducir el lenguaje más técnico y complejo para que sea comprendido por el público al que se dirige; es una de las cualidades más valiosas de un buen vocero.  Es decir, se puede hablar con términos políticos y legales en el pleno del Congreso, pero no así en una reunión vecinal. No es lo mismo hablar sobre “la resolución que modifica las disposiciones de carácter general aplicables a las instituciones de crédito establecidos en el apartado A, Fracción II y 77 bis” que decir “estamos trabajando para que el banco te cobre menos comisiones”.

 

Ahora sí. Hay que reconocer que durante los primeros meses de la pandemia López Gattel cubrió de manera exitosa estos tres principios:

 

1)Fue nombrado públicamente por el presidente como el hombre encargado de brindar a la población toda la información necesaria para actuar frente a semejante reto, aún sobre su jefe inmediato, el secretario de salud, Jorge Alcocer. 

2)Subsecretario de prevención y promoción de salud, médico formado en reconocidas universidades, epidemiólogo, académico y con amplia experiencia en el sector público, resultaba el personaje ideal para decirnos qué hacer y qué no hacer ante un escenario catastrófico. En pocos días llenó el vacío de información y se ganó un importantísimo liderazgo en el panorama nacional.

3)Hasta abril parecía ser bastante claro en su discurso: tenía los datos, compartía la información y era contundente en el mensaje. Cuando no sabíamos cómo reaccionar ante un virus que generaba alarma en todo el mundo, fue sumamente insistente con su famoso “quédate en casa, quédate en casa, quédate en casa”. Claro y sencillo. Podemos decir que era hasta carismático. El propio presidente dijo en varias ocasiones que lo designó vocero no porque el secretario Alcocer no diera el ancho, sino por la habilidad del subsecretario para exponer de manera clara temas complejos.

 

Entonces, ¿qué le pasó al “Rockstar inesperado de la 4T” (como lo llamó la revista Quién)?

 

Su credibilidad empezó a caer en picada cuando, ante la negativa de López Obrador para pausar sus giras, saludar a gente (recordemos el famoso beso-chupetón a una niña en Guerrero) y mantener la tan predicada sana distancia, salió con la puntada de que “la fuerza del presidente es moral, no de contagio”. Mira qué afortunado.

Además, de 66 años, con sobrepeso, hipertensión, sobreviviente de un infarto, en una posición de constante estrés y de conocido gusto por las garnachas, AMLO es la personalización de la población de riesgo. No obstante, López Gattel se dedicó a decir que no hay bronca, pues es un hombre bien sano. ¿Comparado con quién?  

 

La claridad en los datos le duró poco.  Un día empezó a insistir en el aplanamiento de una curva que nadie veía; se negaba tajantemente a decir cuántos eran los contagiados y fallecidos en realidad; inventó grandiosos trabalenguas para no contradecir a AMLO; presentaba semáforos confusos que parecían responder a cuestiones políticas y no técnicas; dedicó largos minutos a eufemismos para no decir la realidad y ganar tiempo en lo que terminaba la hora de conferencia. Era un líder único y se convirtió en un militante más.

 

Y finalmente, ante la falta de credibilidad y claridad, la legitimidad se convirtió en capricho. Una tercera parte de los gobernadores lo desconocieron como interlocutor, la oposición se le fue encima, se lo acabaron en las comparecencias, y su permanencia en el cargo se empezó a cuestionar.  

“Cuestiones de política”, dirían algunos. 

En efecto, pero su papel era importante precisamente porque no era político. Cuando le empezaron a cantar “no estas solo” y sonreía como candidato en campaña, cuando se le pedían aplausos públicos para compensar las críticas, cuando empezó a tomarse fotos comiendo con gobernadores, cuando empezó a copiar el estilo de desacreditar a los medios con tal de no dar respuestas, se convirtió en un político más de los que los mexicanos están tan cansados, cuando lo único que queríamos era un poco de certidumbre. Necesitábamos a un vocero técnico y confiable, porque políticos vitoreados en guayabera ya tenemos muchos. 

 

Seguramente López Gattel es un excelente médico, epidemiólogo, un buen funcionario público (sin tiempos de pandemia) y una buena persona con buenas intenciones. Pero falló como vocero.

 

Imaginemos a un profesor de matemáticas explicando a sus alumnos cómo hacer una ecuación compleja. Naturalmente al principio un sinfín de dudas. Pero resulta que después de más de 7 meses dando la misma clase y explicación todos los días, la mayoría de los alumnos todavía no logra entender cómo hacerlo y, por el contrario, parecen tener más dudas que respuestas.

¿Le echaríamos la culpa a los alumnos? ¿Asumiríamos, sin cuestionar, que es debido a la dificultad de la ecuación? ¿Castigaríamos al alumno que insiste en preguntar?  

¿No sería más sensato aceptar que el profesor no tuvo la capacidad para enseñarlo?

 

Hoy se cumplen 222 días de la primera conferencia diaria sobre el Covid-19.

Esos también son los números de López Gattel.

¿Se te antojaría ver 26 mil spots de campañas políticas en televisión? ¿En cuánto tiempo podrías ver 140 partidos de futbol? ¿Te imaginas ver más de 10 días de tele de manera ininterrumpida, 24 horas al día?

Ese es el tiempo que López Gatell le ha dedicado a sus conferencias de prensa. Además, habría que sumarle su presencia en las mañaneras, las entrevistas, su cobertura en Facebook, YouTube, Twitter, medios tradicionales y digitales.

Si monetizamos el tiempo de cobertura, estamos hablando de millones de millones de pesos.

Hay gobernadores y secretarios de estado con décadas en la función pública que no han salido tanto en la tele nacional.

El subsecretario ha tenido la exposición que ningún otro funcionario ha tenido en décadas, y aún así no logra ser claro.

No es posible que hoy, a estas alturas, sigan existiendo tantas, pero tantas dudas. No es razonable que haya tardado tanto en decir, de malas y de manera confusa, que siempre sí hay que usar cubre bocas. No es de un gobierno transparente hacer cuentas chinas y sumamente confusas sobre el número de defunciones y contagios. No se vale volverse un maestro de la confusión para no evidenciar la realidad.

No es que el virus sea cosa fácil, por supuesto, pero tampoco pedimos demasiado: menos política, y un poco más de claridad, honestidad y transparencia. 

Es lo menos que nos merecemos ante la mayor crisis sanitaria que hemos vivido. 

¿Soberbia? ¿Presión? ¿Política? Quién sabe.

No tenemos que buscarle, no hay ni cómo justificarlo. Fracasó como vocero.

 

El paso del chapulín.

¿A quién le creemos, a los que dicen que la Corte encabezada por el ministro Zaldívar se entregó por completo a AMLO cuando aprobó la consulta para enjuiciar expresidentes, o a quienes dicen que modificar la pregunta fue una jugada política maestra para que deje de molestar sin comprometer la democracia? 

 

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