EL PASO DEL CHAPULIN.- Símbolos y señales, el mensaje

(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en américa latina.
(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en américa latina.

Por Sergio Ricardo Hernández Mancilla* Twitter: @SergioRicardoHM

Rubén Aguilar nos decía constantemente a sus alumnos que comunicar es gobernar y gobernar es comunicar. El presidente López Obrador lo tiene claro.

 

Las mañaneras que ha implementado en sus dos gobiernos son muestra clara de ello.  Sabe que es fundamental ganar la agenda, controlarla y llevar siempre el debate público a los términos que le convienen a él y a nadie más.

 

Cuando tiene la razón tiene a los medios, y cuando no, también.

 

También tiene muy claro que los símbolos son un ejercicio clave de la comunicación, como representaciones abstractas y sencillas de algo mucho más profundo.

 

20 años después de que empezara su gobierno en el Distrito Federal seguimos recordando ese famoso Tsuru blanco que utilizó como vehículo para mostrar su austeridad y contrastar con los símbolos del político tradicional mexicano.

 

Como presidente no ha sido la excepción.

 

En su comunicación hay símbolos inofensivos pero muy útiles, como dejar la residencia oficial de Los Pinos para irse a vivir al Palacio Nacional.

 

En realidad no cambia nada, es muy difícil medir la diferencia de costos y eficiencia, pero le da un golpe duro, una vez más, a uno de los símbolos clásicos de poder: se rehúsa a vivir donde lo hicieron sus archienemigos neoliberales y regresa al que fuera el hogar temporal de Juárez. Mucho que ganar y nada que perder.

 

Hay símbolos con trasfondos un poco más dudosos, como la venta del avión presidencial. En principio resulta un mensaje súper exitoso: qué mejor muestra para cortar de tajo la opulencia de los gobiernos anteriores que vender un avión de miles y miles de millones de pesos que sirve a una sola persona. Gran forma de generar empatía con una ciudadanía ávida de ver a los políticos a nivel de tierra. Nos guste o no, ver al presidente tomar un vuelo comercial es una imagen poderosa.

 

Sin embargo todo lo que rodea al show del avión se le ha ido enredando. Los números no cuadran; el oficialismo insiste en que es más barato, pero es difícil medir los costos de la verdadera logística y comitiva que acompaña al presidente a cada gira; la vuelta a Estados Unidos para resguardarlo que costó un dineral y nadie entiende si fue más caro o no que tenerlo en territorio mexicano; la parodia de rifa del avión que en realidad no se va a rifar. Con tanto drama se les está haciendo bolas el engrudo.

 

Hay otros símbolos que eran importantes pero que se han excedido, como la política de recortes, recortes y más recortes, que empezaron como una necesidad de reestructuración financiera y administrativa y como un símbolo, nuevamente, de combate a la opulencia del Estado. Pero ha llegado a un exceso que sus propios funcionarios han encontrado injustificable, desapareciendo entidades y cortando recursos por donde le da gana sin argumentos técnicos y tratando a funcionarios de nivel medio como si tuvieran salarios de reyes.

 

Hay símbolos cuyo costo ha sido más alto que el beneficio. Proponer cancelar el NAIM era una buena movida campañera para evidenciar la corrupción y las prioridades de los gobiernos neoliberales, pero en la realidad las consecuencias han sido desastrosas, aunque estén haciendo cuentas chinas para justificarlo. Un símbolo fuerte para su electorado duro que le está costando mucho no a él, sino al gobierno. Le está saliendo más caro el caldo que las albóndigas.

 

Y hay símbolos que no son más que necedades sin razón de ser, como la negación a usar cubrebocas.

 

¿Pensará que proyecta debilidad? ¿Por qué la insistencia en no hacer algo exageradamente sencillo? ¿Por qué le cuesta tanto trabajo? ¿Es simplemente por llevarle la contraria a la oposición? ¿Qué gana? ¿Qué pierde?

 

Honestamente no entiendo.

 

El paso del chapulín.

 

Bien por el Congreso local oaxaqueño que aprobó la ley que prohíbe la venta de productos chatarra a menores de edad.

 

Tendrá sus pros y contras, pero en uno de los estados con mayor desnutrición severa dentro de un país que encabeza la lista mundial de obesidad infantil, sin duda son buenas noticias.

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